Basta ya.

Pues yo estoy harta.
Estoy harta de ser Laura, de ser Diana, de ser Marta.
Estoy harta. No quiero ser ellas.
Estoy harta de conocer a mujeres porque las han matado.
Estoy harta de que nos maten por ser mujeres.


Estoy harta de escribir cada cierto tiempo lo que me enfada el machismo. El fácil, al que se le ríen las gracias, el que encuentra diversión en abusar de una mujer de múltiples maneras y luego te llama feminazi.


El machismo de “a dónde iba sola”, “por qué se puso esa ropa” o “para qué se puso a hablar con él”. El machismo que decide según horas, vestimenta y maquillaje si te lo ibas buscando o no.


El machismo que te cosifica, el de “esto ha sido así toda la vida”, el de que el lenguaje no determina la conducta y el mismo que hoy ha matado a Laura.


Hoy soy Laura sin quererlo.


Hoy ninguna querríamos ser Laura.


Nunca nada se combatió dejándolo estar, siendo cumplidas o, casi peor, indiferentes.


Al machismo se le combate atacando. Desde el más sutil al más fuerte.


Para que no tengamos que volver a ser Laura.

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TODO.

Me gusta no dormir sólo si es contigo.
Abrazarte. Mirarte. Y no apagar nunca la luz.
Relatar sin respirar todo lo que dijimos, fuimos, somos y deberíamos ser.
Y que tú acabes riendo y no sepas nunca qué responder.
Me gusta lo que no somos. Todo lo que no eres.
Los huecos perfectos entre tus dedos. Lo que hay bajo tus pestañas, en tu brazo izquierdo y todo lo que cubre tu piel.
Me gustas en tu fondo.
Y en el mío.
Y en tus formas también.

Como siempre, como antes.

Búscame cuando ella ya no esté.

Búscame.

Cuando tu estómago esté cerrado y tu alimento sea su recuerdo, búscame.

Búscame cuando el corazón no te palpite lo suficiente. Cuando el llanto no estalle porque el nudo en tu garganta no te deje pasar más que el hilo de aire suficiente para sobrevivir. Cuando su recuerdo se convierta en melancolía, búscame.

Búscame cuando tu cabeza esté tan llena de ella que no pienses en nada más.

Cuando pierdas la esperanza.

Búscame.

Búscame entonces como lo hacías antes.

Yo ya me he ido.

 

antonella

(Ilustración © Antonella Montes)

Historias.

Ha sonado Bebe en la radio mientras borraba tus fotos.
Sólo si es contigo.
Como en la ola de calor que nos perdimos
Y he pensado que elegimos la canción equivocada. Nunca fuimos nosotros y no fue sólo contigo.
Ni tú conmigo.
Pero de días enteros besándome los ojos mientras te abrigaba los miedos hicimos un verano.
Y ahora dime, ¿cómo se acaba lo que nunca empieza?

 

Del 8M

Te quiero libre, hermana.

A ti que crees estar en la élite y trabajas sin descanso contra un techo de cristal que te impide llegar a donde están ellos. Y cobrar como ellos.
A ti, que aceptaste un contrato a tiempo parcial porque tú y sólo tú debías ocuparte de tu familia, de tu casa. Porque tenías menos que perder, porque tu trabajo importaba menos, porque entre los dos, sólo tú eras la opción. A ti que cotizarás menos y verás mermados tus derechos en lo que a prestaciones sociales se refiere.
A ti, que estás en casa porque acabaste cediendo y dedicándote al cuidado de tus hijos, de tus madres, de los que nos necesitan. Que renunciaste a dedicarte a ser lo que eres y sentirte productiva. A ti que sostienes el Estado de Bienestar para que todos estén bien menos tú.
A ti, mujer de cualquier edad y ocupación, que cobras un 13% menos que ellos por hacer lo mismo. Que trabajas gratis 53 días al año, pero no nos metamos en eso, que no interesa al Presidente de todOs.
A ti, que sentiste que se te paraba el corazón al cruzar cada esquina en el camino de vuelta a casa todas esas noches. Y algunos días.
A ti, que te agarraron sin permiso, te tocaron sin permiso y sin tu permiso se creyeron con derecho a valorarte físicamente sin haberlo perdido.
A ti que te violaron porque enseñabas mucho, porque te tapabas hasta el cuello, porque lo ibas pidiendo a gritos, porque provocas, porque no te pongas esa ropa, porque no les mires, porque no eres, sólo estás y debe ser cuando quieran ellos. Sin tu permiso. A ti que no puedes seguir viviendo después.
A ti que te han reventado el cuerpo a hostias después de una vida de golpes disfrazados de palabras, que te piden marcar un número que sólo te aleja unos metros de quien te maltrata.

Te quiero libre hoy, pero no sólo ahora. Te quiero libre para vengar el pasado, mejorar el presente e igualar el futuro. Porque es hora de dejar de ser las otras y empezar a ser nosotras. Porque no podemos ser tratadas como una minoría siendo la mayoría. Porque somos iguales y queremos reescribir la historia y darnos el lugar que merecemos.

Te quiero libre y que ellos te quieran libre. Todas y todos a una. Que no os dé miedo, es simple y justamente igualdad.

Hoy no se trabaja, no se cuida, no se va a clase y no se consume.

Por ellas que ya no están porque se les fue la mano. Por ellas que no murieron, las mataron.

Nos quiero iguales.

Que llegue pronto.

FELIZ DÍA DE LA LUCHA. FELIZ 8 DE MARZO.

Yo confieso.

Culpable de haber amado a alguien que nunca supo amar a los animales.

Culpable de haber creído que sabría amar bien a los humanos.

Culpable de entregarle mi piel a quien pone cuerdas a la libertad y castiga lo salvaje.

Fusta en mano, golpe a tierra.

Te adormece.

Nunca te marca, pero deja en tus ojos cansados su huella.

Culpable de querer salvarle.

De consentirle.

De culparme.

Culpable de sentir queriendo.

De sonreírle aquella tarde.

Culpable de dejarme ser suya.

Culpable por inocente.

Culpable por no soltarme.

Lo que fuimos.

Yo quise, pero no supiste.

Me pasé horas contigo fabricando recuerdos, guardándome tus venas conmigo.

Te acaricié tantas veces el latido.

Aprendí a escuchar. De repente sólo sonabas tú.

Cuánto calor y qué poco ruido.

Fuimos igual todo el tiempo.

Silencio y miradas impacientes de llegar a las manos.

Lo que hicieron esas manos entre los pasillos.

Fuimos dos idiotas con miedo y mucho ego.

Con mentiras que tapaban lo que sentíamos.

Con reproches y castigos.

Hicimos una vida en cuatro días.

Y nos dolimos.

 

Nunca igual.

¿Sabes qué?

Hubiera sido feliz sin esta historia.

Hubiera sido feliz aunque no lo hubiera dejado ser aquella tarde.

No entregándome aquella noche.

Ni la siguiente.

Ni la otra.

Ni todas las que vinieron después.

¿Sabes qué?

Ya había sonreído aquel día justo antes de que se cruzaran nuestras miradas. Y había encontrado ojos en los que perderme mucho antes que en ti.

Pero nunca igual.

Nunca nadie igual.

Nunca nadie me abrigó un verano.

Nunca nadie me abrazó hasta estallarme los huesos.

Nunca nadie me besó por primera vez como si no hubiera habido más veces, como si no fuera a haberlas más.

Ninguna mano encajó nunca con la mía igual.

Y aunque suene a tópico, no, tampoco nadie me hizo nunca el amor igual. Aunque siempre acabara en sexo, vaivén y sudor. Siempre empezaba siendo amor.

Y ahora que sabemos que todo esto ya no más, ¿sabes qué?

Sí.

Hubiera sido feliz sin ti. Pero nunca igual.

Cobarde.

Te pasas la vida esperando que llegue ese día y el día menos pensado pasa él cargado de cosas, sacando mariposas de entre los huecos de sus dedos.

Y te guardas el feminismo un ratito. En un cajón sin encajar, para mirarlo de reojo y comprobar que sigue ahí, esperando que lo recojas y te lo lleves puesto cada día. Como antes. Cuando todo era más fácil detrás de este muro. Cuando tu discurso era tu vida. Cuando no tenías sitio para esos ojos.

Pero no.

Para eso también hay que ser valiente. Y yo ya no lo soy.

Me han vencido tus heridas.

Nuestro lenguaje

Me gusta así.
Como si no pasara nada.
Como si mirarme sólo implicara mirar.
Y pasar, agarrarme en un descuido y sujetarte fuerte. En mis costillas. Como cuando pasa.
Como lo que está pasando todo el rato. Como si no pasara nada para los demás.
Como si en tu mirada no se viera un vámonos.
Y agarrarte la mano en un descuido.
Sí, vámonos. Y hagámoslo fuerte.